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Lo que nadie te enseñó en la universidad sobre sobrevivir emocionalmente al turno.


Desgaste emocional profesionales de salud

Hay una conversación que casi nunca ocurre en las facultades de salud, en medicina, en enfermería, en kinesiología, e insulso en odontología. Ocurre entre estudiantes, en los pasillos, en voz baja, después de la primera práctica donde algo salió muy mal. Pero no ocurre en ninguna sala de clases.

Un “que heavy…!” y la idea de “tengo que ser fuerte”.

Durante la carrera te enseñaron a leer un electrocardiograma. A priorizar en triage. A dar malas noticias con un protocolo. Pero nadie te enseñó qué hacer con el nudo que se queda en el pecho cuando el protocolo funcionó perfectamente y el paciente murió igual. Nadie te explicó cómo vas a manejar el turno siguiente después de una noche así. Nadie te preparó para el momento en que dejas de sentir y piensas que eso es madurez clínica porque así te funcionaba aquel profesor que tanto admirabas.

Una cultura que lleva décadas enseñando a cuidar siendo súper poderosos, sin enseñar a vivir emocionalmente frente al cuidado.



El turno que nadie te cuenta

Existe una escena que cualquier profesional que haya trabajado por turnos en urgencias, UCI u oncología reconoce de inmediato.

Son las tres de la mañana. Llevas horas funcionando. Tu cuerpo ya no siente hambre, ni frío, ni cansancio: entró en modo automático, ese estado en que ejecutas los procedimientos correctos, sin a veces darte cuenta que tan presente estás. Cuando llega tu siguiente paciente, lo atiendes. Lo atiendes bien, técnicamente. Pero no estás ahí del todo, la presión de cumplir con el protocolo, con los tiempos y trámites administrativos.

Y después, cuando termina el turno, tampoco puedes descansar. Porque el cuerpo sigue activado. Porque hay una familia que espera que estés presente, porque algo de lo que viviste esa noche no encontró dónde procesarse. Y porque mañana tienes otro turno, entonces “hay que aprovechar el tiempo” para hacer trámites.

El estrés traumático secundario. O fatiga por compasión. O, en términos más clínicos, desgaste empático, es eso que no pudiste procesar del trueno, del trato directo del trabajo directo con el dolor. Pero en los pasillos del hospital simplemente se llama "estar quemado" y se trata con humor negro, con compañerismo y con la convicción colectiva de que esto es lo que hay, que todos lo viven, que así es esto.

El problema es que normalizarlo no lo resuelve. Solo lo hace invisible.



Lo que sí aprendiste, y lo que faltó

La formación clínica es extraordinaria en una cosa: te prepara para la incertidumbre técnica. Te enseña a tomar decisiones rápidas con información incompleta, a mantener la calma cuando otros entran en pánico, a separar la emoción del acto clínico en el momento crítico. En pocas palabras a ser una máquina, a pesar de que eres un ser humano. 

Lo que no te enseñó es qué hacer con esa emoción que no detectas, pero si que si estuvieron. 

Hay un malentendido de fondo en cómo se forma a los profesionales de salud: se asume que separar la emoción del acto clínico equivale a no tenerla. Que la profesionalización implica cierta impermeabilidad emocional. Que quien se afecta demasiado es porque todavía le falta experiencia, o templanza, o vocación suficiente.

Eso es falso. Y es dañino.

Los profesionales de salud no se afectan menos que el resto de las personas. Se afectan igual, con la diferencia de que trabajan en contextos donde mostrar ese afecto está socialmente penalizado y donde la carga emocional es exponencialmente más alta que en casi cualquier otro entorno laboral.

La fatiga por compasión no es señal de debilidad. Es la respuesta natural de un ser humano que se expone repetidamente al sufrimiento ajeno sin tiempo ni espacio para procesar lo que eso le genera.



Lo que siente el cuerpo antes de que lo nombre la mente

El desgaste emocional en salud tiene una forma particular de manifestarse. Rara vez llega de golpe. Llega en capas, tan gradualmente que cuando te das cuenta de que algo está mal, ya llevas meses desarrollándolo.

Empieza como irritabilidad. Una impaciencia que antes no tenías. Reaccionas desproporcionado ante cosas pequeñas: el colega que llega tarde, el familiar del paciente que hace demasiadas preguntas, el sistema informático que cuelga en el peor momento, tu hijo@ que parece demandar más tiempo y no entiende. 

Después viene el distanciamiento. Empiezas a hablar de los pacientes en términos más impersonales. No recuerdas el nombre de la señora del box tres, aunque estuviste con ella dos horas. Cuando termina la jornada solo quieres ir a casa. No es falta de empatía: es que la empatía cuesta demasiado y el cuerpo está racionando recursos.

Más adelante llega el cinismo. Esa voz interna que empieza a dudar de todo: del sistema, de los protocolos, de si lo que haces tiene algún sentido real, poca o ninguna paciencia con los problemas que te cuentan tus seres queridos. El cinismo en salud no es actitud: es un síntoma.

Y en algún punto, si nada cambia, llega el colapso. Que puede ser una licencia, una renuncia, una crisis de pánico en el estacionamiento antes de entrar a trabajar, un grito a tu pareja porque no te entiende, o simplemente una decisión silenciosa de ya no dar más de lo que se da.



Lo que nadie habla abiertamente: el cuerpo pasa la cuenta

Cuando el desgaste emocional no encuentra espacio para procesarse, no desaparece. Se instala en el cuerpo.

Las infecciones que no terminan de irse. El sueño que no descansa aunque duermas suficiente. La tensión muscular crónica que ya aceptaste como normal. Los dolores de cabeza cada vez que empieza la semana. El sistema inmune que falla justo cuando más lo necesitas.

No es casualidad. Es el cuerpo hablando un idioma que el mundo sanitario conoce perfectamente en sus pacientes y suele ignorar en sí mismo.

El estrés sostenido tiene efectos fisiológicos documentados: altera el cortisol, compromete el sistema inmune, afecta la calidad del sueño y la capacidad cognitiva. Un profesional de salud crónicamente agotado no solo sufre: también toma decisiones desde un sistema nervioso que no está funcionando en condiciones óptimas. Eso tiene consecuencias para él, para su equipo y para sus pacientes.



Tres cosas que sí puedes hacer, aunque el sistema no cambie de la noche a la mañana

Esto no es una lista de autocuidado genérico. Es lo que la evidencia y la experiencia clínica muestran que realmente ayuda.

Nombrar lo que pasó. Parece simple y no lo es. Después de un turno difícil, tomarse aunque sea cinco minutos para decir —en voz alta, en un mensaje, en un papel— qué fue lo más pesado de ese día, tiene un efecto real sobre el sistema nervioso. No es procesar completamente. Pero es no dejar que se acumule sin reconocimiento.

Buscar espacios de escucha entre pares. No terapia necesariamente, aunque también. Sino conversaciones reales con colegas donde se pueda decir "hoy fue muy difícil" sin que eso se desvíe inmediatamente hacia el humor negro o el "así es esto". Los equipos que se permiten hablar de lo que viven funcionan diferente a los que solo hablan de lo que hacen.

Aprender a distinguir la activación del cansancio. Después de un turno exigente, el cuerpo suele estar activado aunque esté exhausto. Irse directo a dormir o a la pantalla suele no funcionar. Lo que ayuda es crear una transición: algo que le avise al sistema nervioso que el turno terminó. Puede ser tan simple como caminar diez minutos, ducharse con intención, escuchar algo completamente distinto.



Lo que debería cambiar, y lo que Quila hace al respecto

Todo lo anterior es valioso. Y es insuficiente si la institución no hace su parte.

El desgaste emocional de los equipos de salud no se resuelve con estrategias individuales de autocuidado cuando las condiciones estructurales no cambian. No es responsabilidad exclusiva del profesional gestionar lo que su entorno laboral le genera.

El cambio de cultura también es responsabilidad de las instituciones. El tomarse esto en serio es no esperar a que lleguen las licencias para actuar. Es crear espacios estructurados donde los equipos puedan procesar lo que viven. Es formar a sus líderes para detectar señales tempranas de agotamiento. Es medir el bienestar de sus equipos con la misma sistematicidad con que miden sus indicadores clínicos.

Eso es exactamente lo que hacemos en Quila. No llegamos con talleres sueltos ni con orientaciones generales. Llegamos con diagnóstico, con intervención estructurada y con acompañamiento en el tiempo. Porque la salud mental de los equipos que cuidan no es un lujo: es la condición que hace posible que el cuidado ocurra bien.



La conversación que faltó en la universidad

Nadie te preparó para esto en la facultad. Y probablemente nadie en tu institución te ha preguntado cómo estás de verdad, más allá del saludo de pasillo.

Eso tiene que cambiar. No porque sea bonito o porque quede bien en un informe de gestión. Sino porque el sistema de salud no puede seguir funcionando sobre el agotamiento silencioso de las personas que lo sostienen.

Si trabajas en salud y te reconociste en algo de lo que escribimos aquí, no es casualidad. Y no estás solo.

Si lideras un equipo y empiezas a ver estas señales en tu gente, no esperes a que llegue la licencia para actuar.



Equipo Quila

Ps. Krolina Fernández

 
 
 

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