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Cuando la Compasión Cuesta Demasiado: El Peso Invisible de la Eutanasia

El médico eutanasista belga, Tom de Locht en sus reflexiones sobre esta acción dice: "Es un acto importante, difícil, que tiene un gran impacto emocional. Yo no lo llamo matar un paciente. Le acorto su agonía, su sufrimiento. Le proveo el cuidado final."


Esta declaración encapsula la profunda disonancia ética y emocional que enfrentan muchos profesionales. En la conversación habitual sobre la eutanasia —sea en el ámbito humano o animal—, el foco se centra legítimamente en el paciente, la familia y el marco legal. Sin embargo, hay un costo silencioso:


El inmenso peso emocional, psíquico y moral que recae sobre los profesionales de la salud que acompañan estos desenlaces irreversibles.


Si bien en la medicina humana la eutanasia es una práctica poco frecuente y rigurosamente regulada (en países como España, Bélgica, Canadá o Colombia, donde es un derecho fundamental), en la veterinaria es una herramienta cotidiana, reconocida incluso por organismos internacionales para el bienestar animal. A pesar de los contextos distintos, el hilo conductor es el mismo: los equipos (médicos, enfermeras, psicólogos, veterinarios) cargan con la responsabilidad emocional de ejecutar decisiones que no tienen vuelta atrás.


El impacto es a menudo invisible, pero corrosivo. Para un profesional, participar en una eutanasia puede desencadenar un conflicto interno devastador: la compasión y la autonomía del paciente se enfrentan a la vocación fundamental de “no hacer daño”. Incluso con el respaldo legal y la justificación clínica, muchos profesionales reportan sentir que han cruzado un límite ético.


Este peso se manifiesta en silencio: se traduce en culpa, ansiedad persistente, rumiación nocturna e incluso arrepentimiento tardío. Estudios recientes confirman que una parte significativa de quienes participan reportan malestar psicológico, disonancia moral y una mayor vulnerabilidad al burnout, riesgo que se amplifica cuando la experiencia se afronta en la soledad institucional. En el sector veterinario, la repetición constante del acto eleva este desgaste a niveles críticos, documentándose tasas más altas de estrés, depresión e incluso pensamientos suicidas.


La eutanasia busca aliviar el sufrimiento, pero deja cicatrices invisibles en quienes la administran. Médicos y veterinarios comparten un desafío existencial: cuidar al paciente y, al mismo tiempo, cuidarse a sí mismos. Es imperativo que la conversación internacional avance hacia un enfoque integrado que reconozca este desgaste emocional no como una debilidad individual, sino como un problema de salud pública y profesional. Sin protocolos de apoyo claros, el riesgo es evidente: equipos debilitados, vocaciones quebradas y, por extensión, sistemas de salud menos humanos.


Reconocer que la eutanasia también transforma a quienes la acompañan no invalida la práctica, sino que la hace más responsable, humana y sostenible. La reflexión crucial que debe abrir nuestra conversación es: ¿cómo cuidamos a quienes cuidan cuando el acto de compasión también les hiere?



Equipo Quila

Karolina Fernández


 
 
 

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